Antihistamínicos, qué son y para qué se utilizan

Son muchas las personas que padecen las temidas alergias, especialmente en determinadas épocas del año, como con la llegada de la primavera. A todas ellas les resultarán familiares unos medicamentos denominados antihistamínicos.

Podríamos decir que las reacciones alérgicas son “errores” del sistema inmunológico, una reacción exagerada de nuestro organismo hacia un elemento que cree que es nocivo pero que realmente no lo es; este elemento habitualmente pertenece a nuestro entorno natural y así  puede tratarse de  polen, ácaros del polvo, frutos secos, entre otros muchos agentes.

Durante estas reacciones se libera una sustancia denominada histamina, la cual se encuentra en los mastocitos, unas células que se sitúan principalmente en la zona de los ojos, nariz, pulmones y piel. La histamina, al ser liberada, produce inflamación, afectando principalmente a las partes del cuerpo donde hay mayor concentración de mastocitos. Por eso, los síntomas más habituales de las reacciones alérgicas son la irritación de ojos, mucosidad, estornudos, problemas respiratorios o urticarias, entre otros.

El objetivo de los antihistamínicos es bloquear la histamina, de ahí su nombre. Son pues el medicamento más habitual para tratar las reacciones alérgicas, tanto de la común alergia primaveral como de otros tipos de alergia.

Tipos de antihistamínicos

Existen varios tipos de antihistamínicos, y dentro de cada uno de ellos hay diferentes clases según su composición química. Principalmente se diferencia entre dos grandes grupos de antihistamínicos: los de primera generación y los de segunda. También existen los de tercera generación, que son en realidad derivados de la segunda.

Las principales diferencias entre los antihistamínicos de uno y otro tipo tienen que ver con los efectos secundarios que producen, sobre todo la somnolencia.

Antihistamínicos de primera generación

En este grupo se encuentran los primeros antihistamínicos que se descubrieron. El primero de todos fue Piperoxan, en 1933 de la mano de Daniel Bovet y Jeff Forneau. Al ser los más antiguos, son también los más extendidos y económicos.

Los antihistamínicos en general son medicamentos que afectan a los receptores H₁, donde se encuentra la histamina. El “problema” de los antihistamínicos de primera generación es que también actúan sobre otros receptores, lo cual hace que produzcan más efectos secundarios. Los más comunes son la somnolencia, la sequedad en la boca o el aumento del apetito.

Su efecto no es de demasiada duración, por lo que normalmente hay que tomarlos varias veces al día.

De todos modos, cumplen su función y son antihistamínicos que sirven para tratar reacciones alérgicas. Esos efectos secundarios no siempre se consideran indeseables, de hecho, estos fármacos en ocasiones pueden ser empleados también para tratar otras afecciones. Por ejemplo, el efecto sedante que producen sirve en casos de insomnio o también para evitar nauseas o mareos.

Además de utilizarse contra los síntomas molestos que producen las reacciones alérgicas, hay muchos otros tipos de medicamentos que contienen antihistamínicos, sobre todo estos de primera generación. Se usan en dolencias que provocan molestias similares a las de la alergia, como los resfriados; así, medicamentos tan comunes como el Frenadol contienen antihistamínicos.

Según su estructura química, los antihistamínicos de primera generación se pueden clasificar en cinco clases, dentro de las cuales se han desarrollado diferentes fármacos que se suelen comercializar bajo distintas marcas:

  • Etilendiaminas – fueron los primeros antihistamínicos que se desarrollaron.
  • Etanolaminas – producen bastante somnolencia. Algunos ejemplos de fármacos de este grupo son la doxilamina y el dimenhidrinato, más conocidos por las marcas Dormidina y Biodramina.
  • Alquilaminas tienen menos efecto sedante, su acción es más corta. En este grupo se encuentra la dexclorfeniramina (comercializada como Polaramine), que se utiliza para tratar las reacciones alérgicas graves ya que es el único comercializado en nuestro país que se puede administrar en forma inyectable.
  • Piperazinas – estos sí tienen un efecto sedante, por lo que se suelen usar para tratar las náuseas, mareos o vértigo.
  • Fenotiazinas – a esta familia de antihistamínicos pertenece la prometazina, uno de los compuestos del Actithiol, muy común para tratar la mucosidad tanto en la infancia como en personas adultas.

Antihistamínicos de segunda y tercera generación

Dicho de una manera simple, los antihistamínicos de segunda y tercera generación son los que no se van por las ramas. Son mucho más selectivos en cuanto a los receptores que afectan, por lo que producen menos efectos secundarios que los de primera generación. Por lo tanto, causan menos somnolencia y tampoco hacen que aumente el apetito. Son los que habitualmente se emplean para tratar la rinitis, tan típica de la alergia primaveral.

Además, la acción de este tipo de antihistamínicos es más rápida y duradera y, por lo general, de modo que habitualmente solamente es necesaria una dosis al día.

Algunos ejemplos de estos fármacos son la loratadina (Clarytine, Civerán), la cetirizina (Zyrtec) o la ebastina (Ebastel). Todos ellos se utilizan para tratar síntomas derivados de las reacciones alérgicas como la rinitis o la urticaria.

Los antihistamínicos de tercera generación son derivados de algunos de la segunda, por ejemplo la desloratadina o la levocetirizina así como la bilastina. La idea es hacer que estos medicamentos sean más eficaces; se está trabajando para que traten los síntomas de las reacciones alérgicas de manera más directa y provoquen todavía menos reacciones adversas.

Dra. Maite Audicana Berasategui
Especialista en Alergología del Centro Médico IMQ Amárica

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