Frenar la ansiedad

La ansiedad cumple una función adaptativa. Es una señal de alerta de nuestro sistema nervioso ante la presencia de un peligro. Pero, ¿qué ocurre cuando no existe un peligro real y éste es interno y desconocido?. Entonces se puede poner en marcha un mecanismo que interfiere en la vida de las personas, se disparan los circuitos reguladores del ánimo y nos encontramos ante los ataques de ansiedad o angustia, llamados por los norteamericanos ataques de pánico. Entre un 3 y un 5% de la población puede padecer este trastorno,  que suele aparecer en la década de los veinte años y se da en una proporción mayor entre las mujeres.

Los factores que regulan la ansiedad son múltiples, desde biológicos constitucionales a genéticos, factores intrapsíquicos o interpersonales, así como los derivados de fuentes mantenidas de estrés ambiental o de características muy excepcionales. Influyen también los estilos de vida que sobrepasan los recursos psicológicos y las estrategias de afrontamiento de las personas o que someten a nuestro organismo a exigencias que no es capaz de afrontar surgiendo con ello las crisis de angustia.

Los ataques suelen manifestarse mediante la presencia de palpitaciones, sudoración, sensación de mareo, pérdida de conocimiento y temblores. También es frecuente el miedo a perder el control o a volverse loco, miedo a morir, opresión en el pecho, taquicardias, dificultad para respirar y la sensación subjetiva de que el aire no penetra bien en los pulmones, hormigueos o adormecimiento de las manos.

Complicaciones

En muchas ocasiones estos síntomas conducen al paciente a recorrer numerosos médicos y especialistas hasta que se detecta el trastorno tras descartar otras patologías cardíacas, pulmonares o tiroideas. La complicación más frecuente es que, tras la presentación repetida de crisis de angustia, el paciente termine asociando el lugar o situación donde se produjo la crisis con la causa de la misma. Esta asociación lleva a un circuito vicioso de evitación de dichas situaciones o lugares y a restringir totalmente el área de acción del paciente.

Según el caso, se puede dejar incluso de frecuentar los espacios abiertos, lugares con multitudes, recintos cerrados, etc. También la actividad social y recreativa, e incluso la laboral, se ven muy limitadas. Dichas limitaciones generan de forma secundaria cuadros depresivos que aún complican más la situación vital del paciente. En los últimos años se han dado muchos avances en el tratamiento de este trastorno, si bien la respuesta es muy variable de unas personas a otras. En algunas se puede eliminar a corto plazo, mientras que otras precisan tratamientos continuados que si son interrumpidos producen una nueva recaída.

Tratamientos y malos hábitos

Los tratamientos más eficaces son los que combinan el abordaje psicológico de la ansiedad con estrategias de afrontamiento, asociadas a técnicas de relajación así como el uso de fármacos que inhiben la recaptación de serotonina y que regulan las crisis.

En general, estos cuadros son tratados por el médico de cabecera y sólo cuando existe una evolución tórpida o complicaciones son enviados al psiquiatra.

En la medida que el paciente va mejorando se va recuperando la confianza perdida y se restablece un régimen de vida más normalizado.

Entre los hábitos que debemos desterrar y que influyen desfavorablemente para mantener a raya la ansiedad están el abuso del consumo de café y bebidas que contengan cafeína o teína en dosis altas, también algunas sustancias broncodilatadoras pueden producir sensaciones similares lo mismo que las drogas psicoestimulantes (cocaína, anfetaminas). Hay que evitar el estilo de vida con un exceso de actividad y preocupaciones, así como un descanso inadecuado con pocas horas de sueño o múltiples cambios en el ritmo sueño-vigilia.

 

Psiquiatra

José Mariano Galletero

Médico especialista en Psiquiatría de IMQ y de AMSA

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