Los peligros de la obesidad


La obesidad es la enfermedad metabólica más frecuente en el mundo occidental y en países en vías de desarrollo. De hecho, ocasiona unos costes socio económicos estimados de entre el 2 y el 7% de las partidas de Sanidad por sí misma y por las enfermedades relacionadas con ella.

Las personas aquejadas de obesidad tienen, además, un alto riesgo de padecer diabetes mellitus tipo 2, piedras en la vesícula, dificultad respiratoria y apnea del sueño. Existe, por otra parte, el peligro de sufrir infarto y angina de pecho, para los que la obesidad está considerada como el principal factor de riesgo evitable, así como hipertensión arterial, ictus, osteoartritis (rodilla, cadera) y exceso de ácido úrico.

La obesidad también puede contribuir a desarrollar ciertos tipos de cáncer (esófago, colon, recto, hígado, vesícula biliar, páncreas, riñón y mieloma múltiple –de médula ósea–). La relación entre el riesgo de sufrir cáncer de ovario y la obesidad está igualmente bien establecida desde hace tiempo y se conoce que, una vez iniciada la enfermedad, ésta se comporta de manera más agresiva en la persona obesa.

La adiposidad u obesidad intraabdominal (medida de forma sencilla con el perímetro de la cintura) contribuye de forma al mismo tiempo y de forma directa a la progresión de múltiples factores de riesgo, a través de la secreción de un exceso de ácidos grasos libres y adipoquinas inflamatorias (sustancias perjudiciales que liberan a la sangre), y una menor secreción de adiponectina (sustancia beneficiosa). Esta acumulación de grasa en lugares donde no le correspondería estar (grasa ectópica) está asociada a resistencia a la insulina, hiperglucemia, hipertensión y formación de trombos. A su vez, influye de forma indirecta, pero importante, en el inicio y progresión de arteriosclerosis y enfermedades cardiovasculares. Todo ello contribuye a explicar por qué se considera que un exceso de adiposidad abdominal es una grave amenaza para la salud cardiovascular y metabólica.

Por todas estas razones, las personas con obesidad obtienen un claro beneficio si reducen su grasa corporal. La mejoría suele ser, de hecho, «espectacular» aunque también mermas mantenidas del 5 y 10% del peso inicial logran grandes cambios en la salud.

Cuidado con algunos tratamientos

Es importante tener del mismo modo en cuenta que el tratamiento con hormonas tiroideas sólo está indicado en caso de que la persona obesa no produzca la suficiente cantidad de tiroxina. En cuanto a los diuréticos, lo único que consiguen es que se pierda agua, sodio y potasio. La pérdida de potasio puede ocasionar, por otra parte, alteraciones del ritmo cardíaco.

Algunos consejos

Las persona adulta sana con peso normal o algo de sobrepeso y un perímetro de cintura menor de 102 cm (hombres) o 88 (mujeres) deben seguir una dieta equilibrada con actividad física moderada. Es recomendable, por otro lado, que los adultos con IMC igual o mayor de 27 kg/m2 y cintura igual o mayor de 102 cm (hombres) o 88 (mujeres), pidan cita al profesional médico.

Por último, la obesidad es un importante problema de salud pública en la infancia y la adolescencia. La prevalencia en Euskadi se estima en un 12,2 % en la población entre 4 y 18 años. Por ello, los niños con sobrepeso deben acudir regularmente al pediatra para su valoración .

 

Especialista en endocrinología y nutrición

José Luis Benito Muñoz

Médico de IMQ, especialista en Endocrinología y Nutrición

 

 

 

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