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Terapia ocupacional y párkinson

Terapia ocupacional y párkinson
Nahia Zamanillo Arresti
Terapeuta ocupacional en la residencia IMQ Igurco Unbe

El párkinson es la segunda enfermedad neurodegenerativa más frecuente en personas mayores, después de la enfermedad de Alzheimer. Es un trastorno degenerativo, lento y progresivo del sistema nervioso central, en el que se produce una pérdida gradual de las habilidades motoras, cognitivas y comunicativas. La terapia ocupacional en Parkinson puede reportar grandes ventajas.

Inicialmente, los síntomas son leves y pueden pasar desapercibidos. Progresan lentamente a lo largo del tiempo a un ritmo diferente en cada paciente. Los síntomas motores principales son el temblor, la rigidez, la bradicinesia o lentitud de movimiento y el trastorno de la marcha y de la postura. Los síntomas anteriores también pueden estar acompañados por síntomas no motores, como trastornos psiquiátricos, deterioro cognitivo y demencia, alteraciones del sueño o trastornos del sistema nervioso autónomo.

La enfermedad de Parkinson puede manifestarse y evolucionar de forma muy variada. No hay dos casos iguales. El tratamiento es sintomático, actualmente no tiene curación. La mejor intervención se basa en la combinación del tratamiento farmacológico y no farmacológico, y es en este último punto, donde la terapia ocupacional juega un papel muy importante, ya que contribuye a aumentar la autonomía e independencia personal, repercutiendo en la calidad de vida de las personas que sufren esta enfermedad y en la de sus familiares.

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Terapia ocupacional en Parkinson

Desde el departamento de terapia ocupacional, se realiza una valoración de la persona en el ingreso en la unidad de recuperación funcional de Igurco Unbe, centrada en las áreas ocupacionales afectadas o conservadas, sobre todo en las actividades básicas de la vida diaria (ABVD), como el vestido, arreglo personal, ducha, alimentación, transferencias, uso del WC, deambulación, subir y bajar escaleras, y las actividades instrumentales de la vida diaria (AIVD), como son el cuidado de dispositivos personales, cuidado de la salud, uso de la medicación, preparación la comida, realización de compras, manejo del dinero y el cuidado de la ropa y hogar.

Se observan y se analizan las destrezas de ejecución y las habilidades empleadas para la realización de todas las actividades de la vida diaria (AVD), estableciendo objetivos a corto y a largo plazo, individualizados en función de la fase de la enfermedad en la que se encuentre la persona.

También se trabajan de forma individualizada todas las alteraciones que repercuten directamente en las habilidades funcionales y motoras, como es la coordinación óculo-manual y bimanual, la prensión y los agarres, la estimulación de la velocidad y la coordinación de los movimientos, la realización de movimientos amplios y rítmicos, la destreza manipulativa, la motricidad fina y gruesa, y la escritura entre otras muchas habilidades y destrezas.

Aprender a compensar los déficits

Además, enseñamos a la persona a compensar los déficits subyacentes que no son recuperables, asesorando y entrenando con los dispositivos de apoyo adecuados, (elevador o alza en el WC, asideros o barras en la bañera, pinza alcanzadora, calzador de mango largo, dosificador pasta de dientes, etc.), adaptando también el uso objetos cotidianos (cosido de velcros en las prendas de vestir sustituyendo los botones, engrosar los cepillos de dientes o los peines…) e informamos sobre las modificaciones en el propio domicilio (prescindir de alfombras, utilizar manteles antideslizantes, tablas para entrar en la bañera, sillas de ducha y otros).

Cuando la persona empieza a tener limitaciones, a veces sólo es necesario cambiar la forma de hacer la actividad; en el mercado existe una gran variedad de productos diseñados para ayudar y facilitar su realización. Las actividades deben realizarse despacio; querer realizar las actividades de forma rápida produce un empeoramiento de los síntomas.

 

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